Hay familias que parecen traerse el verano en la maleta. Y cuando llegan, todo encaja: el ritmo del bosque, los colores del campo, la calma antigua del monte. Así fue la visita de Anuska, su marido, su familia y su perro Teix, un viajero de cuatro patas con nombre de árbol y alma de caminante. Vinieron desde Hospitalet de Llobregat, en Barcelona, y desde el primer momento supimos que esta no sería una estancia cualquiera.
Teix, que en catalán significa “tejo”, forma parte de una camada muy numerosa, pero tiene algo que lo hace único. Su mirada serena, su paso firme y su conexión natural con el entorno nos hicieron pensar que los árboles de Ucieda lo reconocían. Como si su nombre le diera paso libre al bosque.
Durante su estancia en La Riguera de Ucieda, esta familia exploró con curiosidad muchos rincones del norte de Cantabria, desde el corazón verde de la reserva hasta los acantilados azotados por el mar. Comenzaron descubriendo los alrededores de Ucieda, paseando entre hayedos centenarios y robledales tranquilos, siguiendo cursos de agua y senderos que invitan al silencio. Allí, Teix parecía sentirse en casa, descansando a la sombra de los árboles como si hablara el mismo idioma vegetal que ellos.
Uno de los lugares que más les impresionó fue la Reserva del Saja-Nansa, un espacio protegido de naturaleza salvaje donde la vida sigue los ritmos antiguos del monte. Caminaron entre montañas suaves, cruzaron valles y escucharon el rumor de los ríos, rodeados de un entorno donde conviven ciervos, corzos, águilas y lobos discretos. En este paisaje amplio y sereno, la conexión con lo esencial es inmediata.
En su recorrido por el interior también visitaron Bárcena Mayor, uno de los pueblos más bellos de Cantabria, con sus casas de piedra, balcones floridos y calles estrechas llenas de historia. Allí, el tiempo parece detenerse, y cada rincón invita a la contemplación. El sonido de los cencerros, el olor a leña y la sencillez del entorno dejaron una huella tranquila en su memoria.
El viaje también los llevó hacia la costa, donde descubrieron paisajes muy distintos pero igual de impactantes. En la Playa de la Arnía, en la Costa Quebrada de Liencres, caminaron entre acantilados de formas imposibles, tallados por el mar y el tiempo. Allí, las rocas se levantan como libros abiertos de la historia geológica del planeta. La fuerza del océano y la belleza del lugar los envolvieron por completo.
San Vicente de la Barquera fue otra de sus paradas. Pueblo marinero y pintoresco, con su puente medieval, sus playas abiertas y la silueta lejana de los Picos de Europa, es un lugar perfecto para pasear sin prisa. Recorrieron su casco antiguo, probaron su gastronomía local y disfrutaron del ambiente relajado que reina en sus calles. Teix, por supuesto, se sintió libre en la arena, feliz de compartir mar y montaña en el mismo viaje.
En su recorrido por el interior también visitaron Bárcena Mayor, uno de los pueblos más bellos de Cantabria, con sus casas de piedra, balcones floridos y calles estrechas llenas de historia. Allí, el tiempo parece detenerse, y cada rincón invita a la contemplación. El sonido de los cencerros, el olor a leña y la sencillez del entorno dejaron una huella tranquila en su memoria.
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San Vicente de la Barquera fue otra de sus paradas. Pueblo marinero y pintoresco, con su puente medieval, sus playas abiertas y la silueta lejana de los Picos de Europa, es un lugar perfecto para pasear sin prisa. Recorrieron su casco antiguo, probaron su gastronomía local y disfrutaron del ambiente relajado que reina en sus calles. Teix, por supuesto, se sintió libre en la arena, feliz de compartir mar y montaña en el mismo viaje.





